sábado, 29 de marzo de 2014

Concurso de relatos Darkstone: Relatos 7 y 8

Saludos,


Vamos cerrando la semana, y con ella nos llega el último par de relatos que nos llegó para el concurso del foro Darkstone. Espero que os gusten.

Estad atentos que mañana publicaremos la deliberación del jurado, que como habreis podido comprobar lo va a tener bastante difícil para decidirse.


Boldo dixit.


RELATO SÉPTIMO



Introducción:
Hechos narrados en primera persona por un Brigada de apoyo, durante el asedio de Europa, satélite de Júpiter, por parte del ejército de Industrias Heimdall (Segunda Guerra Colonial) en un intento de hacerse con el poder del puesto militar más importante en la parte externa del sistema solar (la parte externa del cinturón de asteroides), aprovechando que el ejército de la Unión de Terra estaba en misión en Alfa Centauri.

Narración:

Perdí el contacto con el último compañero de mi grupo, mi localizador había sido inutilizado después de la última bomba electromagnética lanzada por algún dron Heimdall. También estaban dañados la mayor parte de los elementos electrónicos del traje que me protegen del frío extremo de esta luna. Este era un destino fácil, comentaban mis compañeros de brigada, dentro del sistema solar no hay peligro de ataque, argumentaban.
Ahora estaban todos muertos. Tras escuchar el zumbido de un aullador, una emboscada de Agentes Heimdall junto con un ejército de G-Bots nos aniquilaron antes de que pudiéramos avisar a nuestro Sargento. Entonces descubrimos rápidamente que el mayor peligro estaba entre nosotros. 

Industrias Heimdall, que en un principio estaban ayudándonos a controlar las revueltas de Centauri y mantener a raya la amenaza Ascarian, se ha rebelado contra la Unión de Terra, atacándonos desde dentro en el propio sistema solar, aprovechando la debilidad de las fuerzas militares dentro del sistema, considerado impenetrable hasta hoy mismo. Conseguí activar a tiempo mi escudo anti-localización, haciéndome invisible a los ojos y sensores del ejército Heimdall, suerte que en el momento de la emboscada estaba alejado del grupo en labores de reconocimiento rutinarias.

No parecía ser la única emboscada, porque a través del blanco del metano congelado de Europa, pude apreciar destellos de disparos de armas de La Unión, esto parecía una operación militar a gran escala, y si tomaban el puesto militar de Europa (La Fortaleza), estábamos perdidos. Heimdall dominará todo el sistema solar, ya que el paso hasta Mercurio será un paseo para ellos, el grueso del ejército está en Alfa Centauri, y, aunque sean avisados, necesitarían varios meses terrícolas para llegar al sistema solar. Pasado ese tiempo, Heimdall habrá activado todas sus células en todos los puntos y se habrán reforzado y atrincherado, y probablemente el consejo de la Unión de Terra, el edificio más importante del sistema solar, habrá sido sitiado o destruido, junto con los líderes de la unión.
Mi misión entonces era llegar lo más rápido posible al puesto de reconocimiento más cercano para dar un aviso a La Fortaleza y activar el modo emergencia, que a su vez alertaría a todo el sistema solar de lo que estaba ocurriendo, pudiendo activar los escudos de fuerza en todos los edificios y controlar a todo el personal Heimdall que quedara dentro. Hay que tener en cuenta que Heimdall había proporcionado tecnología a La Unión durante varios siglos y existía personal de esta corporación en prácticamente cada edificio militar.
Mi comunicador y localizador no parecían tener actividad, por lo que ahora nadie sabía dónde estaba ni tenía forma de avisar a nadie sin un equipo de comunicación externo. Tampoco podía usar ningún vehículo porque, sin contar que estaban inutilizados por la explosión electromagnética, dejarían una estela de calor y radiación electromagnética que delataría mi posición. En cuestión de segundos, un G-Bot me habría sacado del vehículo, en varios trozos, probablemente.

Estos terribles robots en realidad se diseñaron para tareas de rescate, eran capaces de sacar supervivientes de un amasijo de metal tras un accidente sólo contando con la ayuda de sus potentes brazos robóticos. Pero pronto vieron su potencial destructor y se modificaron los circuitos para utilizarlos en labores de aniquilación y destrucción. Se les daba bien, muy bien.

La única opción era correr, pero sin la ayuda electrónica del traje era muy difícil controlar los movimientos en una gravedad tan baja, sin contar que el frío llegaría a mi piel en minutos, ralentizando mis funciones vitales, ya empezaba a tener frío, mucho frío.

Podía ver el puesto de reconocimiento, al parecer estaba intacto, debido a que estaba vacío en el momento del ataque. Distaba unos cinco minutos a buen ritmo corriendo, así que, después de una breve inspección visual para asegurarme que el camino estaba libre, cogí mi arma y corrí agachado entre los dos bloques de hielo que bordeaban la carretera.

No tardé en escuchar el sonido de un aullador, probablemente el mismo que había desvelado nuestra posición antes. Por el sonido debía estar a mi espalda, y afortunadamente no me había localizado, ya que mis emisiones magnéticas eran nulas, y con tanto fuego debido a las explosiones, mi calor corporal estaba  disimulado. Estos ingenios mecánicos tenían un modo silencioso, pero resultaron ser tan efectivos localizando objetivos que para cuando oías el ruido, ya llevabas mucho tiempo descubierto y sólo te quedaba esperar el ataque de algún G-Bot, ya que ambos llegaban en conjunto habitualmente. Mantenían el ruido de las turbinas para causar terror en las víctimas al ser descubiertas, no tenía otra explicación. El aullido característico de estas máquinas era sinónimo de terror, y Heimdall lo sabía, por eso lo utilizaba. 

Durante mi larga carrera como militar ya había hecho frente a aulladores en las labores de entrenamiento, y por muy buenas armas que llevaras era casi imposible desactivarlo antes de que enviara el reporte a La Reina, un supercomputador que controlaba en tiempo real todos los aulladores de la galaxia. En el caso de detectar un enemigo, La Reina enviaba órdenes a G-Bots, aniquiladores y Aulladores cercanos. La única opción que tenía era derribarlo antes de que enviara una señal de peligro, y sólo había una forma, con un tiro certero en la placa de comunicaciones, que estaba cubierta por la capa más gruesa de metal de todo el Aullador. Afortunadamente tenía el arma adecuada para esta labor, ya sólo dependía de dispararle antes de que él me viera a mí. No era el primero que derribaba de esa forma, pero era una tarea difícil.
Tanto si acertaba como si fallaba o si me quedaba escondido era muy probable que iba a morir, pero en el caso de derribar el Aullador, disponía de 30 segundos antes de que el algoritmo de La Reina detectara la falta de emisión de uno de sus exploradores y enviara un escuadrón de reconocimiento con el grado más alto de alerta, o sea disparando a todo ser vivo o máquina que encontraran a su paso.
En circunstancias normales sería un disparo fácil, pero el frío estaba apoderándose de mi cuerpo poco a poco y era complicado mantener el pulso. Los sistemas de estabilización del disparo estaban inutilizados, por lo que tenía que apuntar manualmente, y eso reducía la distancia a la que tenía que disparar, aumentando a su vez la probabilidad de que me descubrieran. Apreté el gatillo, ya no sé si por accidente debido a un espasmo del frío, o voluntariamente, pero fallé. El disparo dio de lleno en una de las cuatro turbinas, a escasos centímetros de la antena, haciendo que el aullador girara en torno a su eje bruscamente, cayendo y desintegrándose en una explosión al colisionar contra el suelo. Durante el trayecto hacia el suelo, ya había emitido al menos cinco tipos diferentes de alarmas, tanto a La Reina, como a las tropas cercanas y a los Aulladores de 200km a la redonda.

No me lo pensé y corrí lo más rápido que pude con mi arma en las manos en dirección al puesto de reconocimiento, ya que aún tardarían unos segundos en darme alcance, ya que los G-Bots eran los más cercanos a mí, no tenían armas a distancia y, aunque eran más rápidos que un humano, jugaba con ventaja. Los agentes venían por detrás, pero a una distancia suficiente para no ser un peligro.

No sólo mi vida dependía de ello, sino la de miles de millones de personas en el sistema solar, que se verían esclavizados o sometidos a Heimdall, así que saqué fuerzas para correr. Cada vez estaba más cerca un pelotón de robots a mi espalda, iban cuatro, que debían estar despedazando a mis compañeros en el momento que fueron avisados. No estaba seguro de que me pudieran alcanzar antes de llegar al puesto, su velocidad se estaba viendo afectada por el frío, los G-Bots se basaban en un sistema hidráulico cuyo fluido perdía eficacia por debajo de los -100ºC. Pero no todo eran buenas noticias, otro grupo, más numeroso se acercaba por el frente, y empecé a oír aullidos de por lo menos tres drones más. Mi objetivo era quitarme del medio a los dos G-Bots que venían en cabeza del grupo numeroso, era una tarea fácil ya que estaba entrenado para disparar corriendo, incluso sin ayuda al disparo. Disparé tres disparos, el primero de ellos dio en el pecho del primer robot, retrasándolo pero no inhabilitándolo. Los otros dos disparos fueron certeros, debajo del cuello, donde estaba el corazón del sistema hidráulico. Ambos cayeron rodando en el hielo. 

Mientras yo, conseguí alcanzar la puerta del puesto, que estaba abierta. Entré y la cerré, aunque dos G-Bots la abrieron de nuevo como si estuviera hecha de papel. Pero para cuando consiguieron agarrarme, yo ya había pulsado el botón de pánico, enviando una alarma a La Fortaleza y todo el sistema solar. Todos los puestos de vigilancia, activaron sus protocolos de emergencia en cuestión de segundos, y la red de comunicación de La Unión se llenó de mensajes de alarma. Los robots Heimdall debieron recibir órdenes de retirada, ya que cuando estaban a punto de asestarme el golpe mortal, huyeron en todas direcciones a esconderse en los huecos donde habían estado durante años, antes del ataque. Tampoco se supo nada más de los Aulladores ni Agentes.

Aquel día salvé el sistema solar.
 


RELATO OCTAVO

TITANIO Y CARNE



Me despierto y siento frío. Estoy agarrotado. Mis huesos se quejan en respuesta a cada uno de mis movimientos. Soy consciente del dolor, de los temblores y de que el latido de mi corazón es cada vez más irregular. Pero no me importa, porque cuando me giro ahí esta ella, tumbada a mi lado, compartiendo mi lecho de titanio y cables de cobre. Ella es mi amante. 

Sus ojos brillan verdes en la penumbra mientras las luces de neón simulan un amanecer artificial., una fina sabana de seda, llena de sensores y cables, resalta sus curvas a la vez que  las cubre. Recorro su figura con la mirada, como cada mañana desde hace más tiempo del que puedo recordar. Empiezo por las piernas, que se adivinan arqueadas a través de la extraña tela. Sigo subiendo y me detengo en sus caderas unos segundos. Es aquí, justo debajo del ombligo, donde terminan las sábanas, Su vientre el plano y sus senos firmes y generosos. Los rasgos de su cara, perfectamente esculpidos, muestran una media sonrisa y una mirada cálida. Veo mi rostro reflejado en su carne. Mi amante es metálica. Una figura humanoide soldada a la cama, rellena de cables y fría como solo puede estarlo el acero que la compone. 

Mis recuerdos antes de conocerla son borrosos y carecen de importancia. Meras manchas que aparecen para distraerme de su mirada, para alejarme de sus labios… Pero eso no va a suceder. No lo permitiré. Jamás me separarán de mi amada. Levanto mi mano y la dirijo hacia su mejilla lentamente. Sus facciones son inmutables, pero sé que ella desea mi contacto tanto como yo el suyo. En cuanto rozo su mejilla, mil amperios recorren mi cuerpo, haciéndome aullar de dolor. Pero continúo acariciándola. Debo acariciarla, debo mostrarle que la amo. La necesito. Me necesita. Los besos son aún más dolorosos. La electricidad recorre mi cráneo hasta el cable que tengo en la nuca, friendo mi cerebro en un orgasmo de electrones. Mi cuerpo, cada vez más dañado, se sustenta gracias a los hilos metálicos que reemplazan poco a poco mis tejidos y me unen a la cama. Cada vez me queda menos carne. Pero no necesito carne. La necesito a ella.

Si quisiera escapar no podría. La habitación donde celebramos nuestro amor no tiene salidas visibles. Es el núcleo de una gran máquina que se alimenta de mis entrañas. Pero no quiero escapar, mi amor hacia ella es la más extasiante prisión. Mi tiempo de servidumbre forja mis nuevos músculos en metal. Las corrientes que recorren mi cuerpo poco a poco dejan de resultarme dolorosas. Ahora me reconfortan, me llenan de vida. De algo mejor que la vida. Me llenan de poder. Ella sigue mirándome intemperita mientras emerjo de mi  crisálida de vísceras y bebo de la fuente de la sabiduría.

Como cada día las luces de neón me despiertan, pero esta vez, sus ojos no brillan. Se han apagado. La acaricio preocupado, pero no siento nada. La corriente se ha extinguido. La beso en los labios. Algo raro está pasando y no lo puedo controlar. Ella ya no está conmigo. Ha muerto. Grito, pido ayuda, suelto juramentos y amenazas. Suplico mientras el cadáver de mi amada yace a mi lado durante semanas. 

Otro amanecer. Otra jornada de desesperación. De nuevo girarme para contemplar su cuerpo muerto. Pero ella ya no está. Hay un agujero en la cama. Me asomo y contemplo la oscuridad. El miedo habría paralizado a mi antiguo cuerpo, pero no a mí. Ya no. Me levanto, arrancando los cables de cobre que me ataban firmemente al lecho con una facilidad que jamás habría sospechado. Todo el dolor, la pena y la agonía se han visto sustituidos por un solo sentimiento. Determinación. Encontraré a los que se la han llevado. Les haré sufrir dolores inimaginables, los recompondré con tornillos y cables y volveré a hacerles sufrir durante mil años. Los convertiré en marionetas que actuarán bajo mi voluntad mientras siembro el caos. Me suplicarán un millón de veces antes de que les conceda el don de la muerte. 

Usando la seda de sensores para cubrirme, me tiro por el hueco que han dejado en la cama, donde antes estaba el motivo de mi vida, y comienzo a caer. Aterrizo en el suelo y noto asfalto en las plantas de mis pies. Miro a mi alrededor. Una ciudad, olores, sonidos, nostalgia…

Un hombre se acerca a mí e intenta venderme algo llamado “chips neuronales de placer” Apenas dura un segundo cuando le retuerzo el cuello con los músculos metálicos que mi amada me regaló antes de abandonarme. Dejo su cadáver en el suelo y empiezo a correr sin dirección. Me encuentro a un par de personas más que también caen en mi frío abrazo. Todos son culpables. Ninguno merece ser perdonado. Cuando aplasto el cráneo de una muchacha joven contra la pared de un callejón noto que en su cerebro, como en el mío, hay cables y conexiones. El mundo ha cambiado. Yo he cambiado.

Las fuerzas del orden no tardan en aparecer, pero soy demasiado fuerte para que me detengan. Envían máquinas contra mí, y las destrozo sin apenas parpadear. Hombres y máquinas son abominaciones a mis ojos y han de ser destruidos por igual. La matanza me lleva a una plaza atestada de personas. La sangre salpica mi cuerpo. Me cae en la boca, pero perdí mis papilas gustativas hace tiempo, así que no tengo el placer de saborearla.
Y entonces la veo. Una figura femenina se acerca a mí rápidamente. Apenas puedo detener el puñetazo que va dirigido a mi pecho, y cuando lo intercepto noto una fuerza brutal que me lanza hacia la pared. Embisto contra mi oponente y consigo sujetarla durante un segundo, tiempo suficiente para fijarme en ella. Es una mujer, cubierta de placas de acero y con el pelo blanco muy corto. Sus facciones son tan inmutables y hermosas como las de mi amada, pero están recubiertas de carne. Bajo el iris de sus ojos veo una luz verde, del mismo tono que el verde de los ojos de mi esposa de metal. 

Y entonces, en un rapidísimo movimiento me agarra del cuello. Y vuelvo a sentir la electricidad viajando por mis adentros, llenándome y quemando mis circuitos. Cuando mis miembros dejan de convulsionar, ella me suelta y caigo al suelo mientras me desvanezco.
Un nuevo amanecer de neón. Estoy atado de pies y manos. Mis cadenas son brillantes y resisten mis forcejeos. Pero esta vez no estoy en un lecho, sino frente a una enorme compuerta que se abre y revela una luz roja. Cuando mis ojos se acostumbran, atisbo una pantalla en la que se ve un primer plano de la cara de mi amante de metal. 

Y por primera vez, escucho su voz. Me habla de guerras en planetas lejanos, de seres de pesadilla y de cómo la carne es débil y está condenada a desaparecer para siempre. Y yo la escucho y sé que haré lo que sea por cumplir su sueño.

Mientras mis cadenas desaparecen, recibo mi nombre. Soy Sebastian Mason, septuagésimo quinto brujo del metal.

3 comentarios:

  1. Los dos muy buenos. El 7 muy bien desarrollado, y el 8 la verdad toda una sorpresa.

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  2. Pues sí, los relatos están geniales. El octavo destaca por su originalidad, ya que como comentábais en el foro de Darkstone la mayoría ha puesto a la Unión de Terra como protagonistas. Esto por otra parte es lógico, pues son la facción con la que es más fácil identificarnos, y al saberse todavía muy poco del trasfondo es normal que cueste visualizar las otras sociedades.

    Yo personalmente he salido muy contento con la iniciativa, y como os decía en alguna entrada anterior a más de uno se le dará cabida para formar parte del trasfondo "oficial", Algunos personajes me han parecido tan creíbles que tal vez sean incluidos en textos nuestros. ;)

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